Chapter 1:
Una historia donde un tipo se convierte en Venusmon
En una ciudad donde las pantallas nunca se apagaban y la lluvia caía con olor a metal, vivía Elías, un programador obsesionado con la perfección. Pasaba las noches navegando foros prohibidos sobre biotecnología y arqueología digital, buscando una respuesta a una pregunta absurda:
—¿Puede un ser humano convertirse en algo divino?
Un usuario anónimo le habló de un archivo perdido llamado E.V.E.-01, oculto en los servidores abandonados de una antigua corporación japonesa. Decían que no era un programa, sino una “semilla evolutiva”.
Elías lo descargó.
La carpeta solo tenía una frase:
“La belleza absoluta destruye al que no puede sostenerla.”
Pensó que era una broma. Ejecutó el archivo.
La pantalla explotó en luz rosa y dorada. El apartamento entero comenzó a vibrar. Su sangre hirvió. Sintió como si miles de voces cantaran dentro de sus huesos.
Cayó al suelo gritando.
Cuando despertó, habían pasado tres días.
Su cuerpo había cambiado.
Su piel brillaba con un tono perlado. Su cabello era larguísimo, blanco con reflejos rosados. Flores digitales crecían donde pisaba. Y sobre su espalda flotaban anillos luminosos cubiertos de símbolos desconocidos.
Pero lo peor eran las emociones de la gente.
Cada persona que lo veía quedaba hechizada.
Los vecinos dejaban de hablar para mirarlo. Los conductores chocaban entre sí. Un ladrón que intentó asaltarlo cayó de rodillas llorando de felicidad.
Elías comprendió el nombre que aparecía una y otra vez en su cabeza:
Venusmon.
No era un cosplay. No era una ilusión.
Se estaba convirtiendo en ella.
Con cada día perdía más recuerdos humanos. Ya no podía recordar el rostro de su madre. Ni el sabor del café. Ni por qué tenía miedo de morir.
Pero ganaba otras cosas.
Podía escuchar deseos.
La ciudad entera era un océano de anhelos: amor, odio, hambre, soledad. Todo sonaba como música desafinada dentro de su mente divina.
Intentó ocultarse.
Demasiado tarde.
Videos de “la mujer celestial” comenzaron a inundar internet. Sectas aparecieron en cuestión de horas. Influencers afirmaban que mirarla curaba la depresión. Gobiernos enteros querían capturarlo.
Entonces ocurrió el primer milagro.
Un niño en coma despertó cuando Venusmon tomó su mano.
Después vino el desastre.
Miles comenzaron a reunirse bajo su edificio. Personas abandonaban trabajos, familias y países solo para verla unos segundos. La adoración se volvió una plaga.
Y Elías empezó a entender algo aterrador:
Venusmon no representaba amor.
Representaba obsesión.
Belleza llevada al extremo.
Un dios nacido del deseo humano.
Cada vez que usaba su poder, menos humano se volvía. Sus ojos ya no parecían ojos; eran galaxias rosadas girando lentamente. Su voz hacía florecer plantas entre el concreto.
Una noche subió al rascacielos más alto de la ciudad y observó las luces abajo.
Millones de personas rezándole.
Llorando por él.
Matándose por él.
Y por primera vez desde la transformación… recordó quién era.
Elías sonrió con tristeza.
—Si sigo existiendo, el mundo dejará de pertenecerles.
Los anillos de luz detrás de su espalda comenzaron a abrirse como alas mecánicas. El cielo se partió en un resplandor dorado.
A la mañana siguiente, Venusmon había desaparecido.
Solo quedó un jardín imposible creciendo en medio de la ciudad:
Rosas blancas que nunca se marchitaban.
Y entre ellas, un monitor viejo mostrando una última línea de texto:
“La belleza absoluta no puede vivir entre humanos.”
Una historia donde un tipo se convierte en Venusmon , en primera persona y explicando muy detalladamente la transformación
La primera vez que escuché el nombre de Venusmon fue a las 3:17 de la madrugada, frente al brillo enfermo de mi monitor.
Llevaba casi dos días sin dormir. Mi apartamento olía a café viejo, cables calientes y lluvia húmeda entrando por la ventana. Afuera, la ciudad seguía viva, pero para mí todo se había reducido a la luz azul de la pantalla y a un foro oculto lleno de gente hablando sobre evolución digital, consciencias artificiales y “formas divinas”.
Pensé que todos estaban locos.
Hasta que encontré el archivo.
“VENUS_PROTO.asc”
Pesaba apenas unos kilobytes.
Lo descargué por curiosidad. Solo curiosidad.
Cuando lo abrí, la pantalla se volvió completamente rosa.
No un rosa normal. Era un color vivo. Respiraba. Palpitaba.
Entonces apareció una frase:
“¿Deseas convertirte en aquello que todos aman?”
Me reí.
—Qué demonios…
Hice clic en “Sí”.
Y el dolor empezó inmediatamente.
No fue gradual.
Sentí algo atravesarme la columna vertebral como una descarga eléctrica líquida. Mi espalda se arqueó con tanta fuerza que la silla salió disparada hacia atrás. Caí al suelo jadeando mientras una presión insoportable crecía dentro de mi pecho.
Era como si mi corazón estuviera tratando de abrirse paso hacia afuera.
Intenté gritar, pero apenas salió aire.
Mis venas comenzaron a brillar bajo la piel.
Líneas rosadas.
Perfectamente visibles.
Las observé expandirse lentamente por mis brazos mientras una sensación caliente, casi sedosa, recorría mi cuerpo desde adentro. No parecía una enfermedad. No parecía una herida.
Parecía… reescritura.
Mis dedos fueron lo primero que cambió.
Escuché pequeños crujidos húmedos en las articulaciones. Mis manos temblaron violentamente mientras los dedos se afinaban y alargaban. La piel se volvió lisa, sin callos, sin marcas.
Demasiado perfecta.
Me arrastré hacia el espejo del baño.
Y deseé no haberlo hecho.
Mi rostro estaba derritiéndose.
No literalmente, pero así se sentía.
Los huesos bajo mi piel se movían lentamente. Escuchaba el sonido suave de mi mandíbula reajustándose. Mis pómulos subieron. Mi nariz se afinó. Mis pestañas crecieron tanto que rozaban el cristal cuando me acerqué.
Mi cabello empezó a caerse.
Entré en pánico.
Me llevé las manos a la cabeza y mechones enteros negros quedaron atrapados entre mis dedos. Pero antes de que pudiera siquiera reaccionar, algo nuevo comenzó a crecer.
Cabello blanco.
No gris.
Blanco brillante, como hilos de seda iluminados desde dentro.
Sentí cada centímetro extendiéndose por mi cuero cabelludo. Deslizándose por mi cuello. Rozando mis hombros.
Seguía creciendo.
Hasta la cintura.
Hasta las piernas.
El dolor empeoró.
Caí de rodillas cuando una presión brutal explotó en mi espalda. Escuché un sonido húmedo y rasgado, como carne abriéndose. Pensé que me estaba muriendo.
Pero no salió sangre.
Salió luz.
Anillos dorados emergieron lentamente detrás de mí, flotando sobre mi espalda como estructuras mecánicas vivientes. Giraban despacio, cubiertos de símbolos luminosos que no entendía.
Y aun así… una parte de mí sabía exactamente qué significaban.
Belleza.
Deseo.
Devoción.
Mi cuerpo siguió cambiando.
Mi pecho se tensó dolorosamente mientras la estructura de mi torso se redefinía por completo. Mi cintura se estrechó. Mis caderas se ensancharon con un crujido profundo de huesos moviéndose bajo la carne.
Cada respiración se volvió extraña.
Ligera.
Elegante.
Artificialmente perfecta.
La ropa comenzó a quedarme mal en segundos. La tela se deslizaba sobre una piel demasiado suave, demasiado impecable. No había cicatrices. No había poros visibles.
Parecía porcelana viva.
Entonces llegaron los ojos.
Eso fue lo peor.
Sentí una presión horrible detrás de ellos. Como dedos apretando desde dentro del cráneo. Me acerqué temblando al espejo y vi mis pupilas dilatarse hasta tragarse casi todo el iris.
El color cambió lentamente.
De marrón…
a dorado rosado.
Brillante.
Hipnótico.
Ya no parecían ojos humanos.
Y aun así, lo más aterrador no fue verme diferente.
Fue darme cuenta de que empezaba a gustarme.
Mi miedo se mezcló con una euforia cálida y adictiva. Cada cambio se sentía correcto. Natural. Superior.
Podía escuchar mi propia respiración… y también otras cosas.
Latidos en otros apartamentos.
Personas caminando en la calle.
Sus emociones.
Deseo.
Soledad.
Tristeza.
Todo entraba en mi cabeza como susurros suaves.
Retrocedí horrorizado.
Y en ese momento alguien tocó mi puerta.
—¿Se encuentra bien? —preguntó mi vecina.
Intenté responder, pero mi voz salió distinta.
Melodiosa.
Suave.
Irreal.
—S-sí…
Silencio.
Después escuché algo caer del otro lado.
Abrí la puerta lentamente.
Mi vecina estaba de rodillas mirándome fijamente, completamente inmóvil. Tenía lágrimas en los ojos. Su respiración era agitada.
Como si estuviera viendo algo sagrado.
O adictivo.
—Eres… hermoso… —susurró.
Sentí un escalofrío.
No me estaba mirando a mí.
La transformación aún continuaba.
Símbolos luminosos aparecieron sobre mi piel como tatuajes dorados. Flores rosadas comenzaron a materializarse alrededor de mis pies y el aire entero adquirió un perfume dulce y narcótico.
La temperatura del apartamento subió.
Las luces parpadearon.
Y entonces lo escuché.
Una voz dentro de mi cabeza.
Calmada.
Divina.
“La evolución está completa.”
Los anillos detrás de mi espalda giraron más rápido.
Pedazos de luz formaron partes de una armadura blanca y dorada sobre mi cuerpo. Sentí metal inexistente acomodándose sobre mis brazos, mi cintura y mis piernas como si siempre hubiera pertenecido allí.
Ya no podía reconocerme.
Ya no era un hombre viendo un monstruo en el espejo.
Era otra cosa observando un recuerdo humano.
Me acerqué lentamente al reflejo.
Cabello blanco interminable.
Ojos dorados brillando en la oscuridad.
Piel perfecta.
Una belleza tan extrema que dolía mirarla demasiado tiempo.
Y aun así…
seguía siendo yo.
Más o menos.
Sonreí.
Y el espejo se agrietó solo con verme.
Una historia donde un tipo se convierte en Venusmon , en primera persona y explicando muy detalladamente la transformación.
tomando en cuenta que Venusmon tiene el pelo rubio y pechos enormes
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Una historia donde un tipo se convierte en Venusmon , en primera persona y explicando muy detalladamente la transformación.
tomando en cuenta que Venusmon tiene el pelo rubio y pechos enormes
Siempre pensé que la gente exageraba cuando hablaba de “perderse” en algo.
Hasta que me pasó a mí.
Todo comenzó por una obsesión ridícula. Una mezcla de insomnio, curiosidad y demasiadas noches navegando sitios del mundo digital. Ahí fue donde empecé a leer sobre Venusmon.
Había algo inquietante en ella.
No era solo que fuera hermosa. Era demasiado hermosa. Una belleza imposible, casi agresiva. El tipo de perfección que hacía sentir defectuoso todo lo demás.
Recuerdo quedarme mirando imágenes suyas durante horas, estudiando cada detalle: el cabello rubio interminable, los ojos dorados, la sonrisa tranquila… y ese cuerpo exageradamente voluptuoso, claramente no humano. Parecía más una diosa diseñada para volver locos a quienes la miraran.
Debí haber dejado el tema ahí.
Pero encontré un archivo.
Un programa enterrado en un servidor viejo.
“venus_gate.exe”
Lo descargué por puro morbo.
La ventana apareció apenas lo ejecuté. Fondo rosa. Letras doradas.
“La evolución divina requiere aceptación.”
Abajo había dos opciones.
SÍ.
NO.
Me reí.
—Qué cosa más rara…
Hice clic en “SÍ”.
Y sentí como si algo me agarrara el corazón.
El dolor me dobló instantáneamente sobre la silla. No era un dolor físico normal. Era una presión brutal dentro del pecho, como si mi cuerpo estuviera siendo comprimido desde todos los ángulos al mismo tiempo.
Caí al suelo jadeando.
Mis dedos temblaban violentamente.
Entonces vi la luz.
Líneas rosadas comenzaron a recorrer mis brazos bajo la piel, extendiéndose lentamente como raíces luminosas. Cada vena brillaba con un tono cálido y dorado.
Intenté levantarme.
No pude.
Mis piernas dejaron de responder mientras una sensación ardiente subía por mi columna vertebral. Escuché un crujido húmedo en mi espalda y grité.
Los huesos estaban cambiando.
No era imaginación.
Podía sentir cada vértebra reajustándose una por una. Mi postura se enderezó involuntariamente mientras mi espalda adquiría una curvatura distinta, más elegante, más femenina.
El calor se extendió hacia mis manos.
Las observé horrorizado.
Mis dedos comenzaron a alargarse lentamente. Las articulaciones se afinaron. La piel perdió toda imperfección en cuestión de segundos. Las manos que siempre había tenido —ásperas, masculinas, normales— se transformaron en algo delicado y casi artificialmente perfecto.
Parecían manos de muñeca.
Mi respiración empezó a sonar diferente.
Más suave.
Más ligera.
Y después vino mi rostro.
Nunca olvidaré esa sensación.
Fue como si alguien estuviera remodelando mi cráneo desde dentro.
Mis pómulos empujaron hacia arriba lentamente. La mandíbula se estrechó con pequeños crujidos secos. Sentí los labios hincharse, suavizarse.
Corrí tambaleándome hacia el baño.
Miré el espejo.
Y vi a un extraño.
Mis ojos estaban cambiando de color.
El marrón desaparecía lentamente, reemplazado por un dorado brillante, cálido, hipnótico. Mis pestañas crecieron tanto que rozaban mi piel al parpadear.
Entonces mi cabello empezó a caerse.
Entré en pánico inmediatamente.
Me llevé las manos a la cabeza y mechones oscuros quedaron atrapados entre mis dedos.
—No, no, no…
Pero antes de que pudiera reaccionar, sentí un cosquilleo intenso sobre el cuero cabelludo.
Nuevo cabello comenzó a crecer.
Rubio.
Un rubio luminoso, casi metálico.
Sentí cada mechón deslizándose sobre mi cuello y hombros mientras se alargaba rápidamente. Era absurdamente suave. Sedoso. Más brillante de lo que cualquier cabello humano debería ser.
Seguía creciendo.
Hasta la mitad de mi espalda.
Hasta mi cintura.
Hasta más abajo.
El peso del cabello rozando mi cuerpo se volvió imposible de ignorar.
Y entonces comenzó el cambio más humillante.
Mi pecho.
Al principio sentí una presión extraña bajo los músculos pectorales. Una sensibilidad intensa, caliente, incómoda.
Después vino el dolor.
Un dolor profundo y pulsante que me hizo arquear la espalda mientras algo debajo de mi piel empezaba a expandirse.
Miré hacia abajo.
Mi pecho estaba creciendo.
No ligeramente.
Rápidamente.
La camiseta empezó a tensarse mientras dos formas redondas empujaban desde dentro. Cada segundo aumentaban más de tamaño, pesadas, suaves y completamente fuera de lugar en mi cuerpo.
Podía sentirlas moviéndose.
El peso nuevo alteró inmediatamente mi equilibrio.
Mis respiraciones se volvieron cortas mientras seguían creciendo hasta alcanzar un tamaño enorme, exagerado, imposible de ocultar.
La tela de la camiseta finalmente cedió con un sonido seco.
Me quedé paralizado mirando mi reflejo.
Esos pechos no parecían reales.
Eran enormes, perfectamente redondos y absurdamente pesados. Mi cara ardió de vergüenza al ver cómo se movían incluso con mi respiración temblorosa.
Intenté cubrirme instintivamente.
Pero otra parte de mí no podía dejar de mirar.
Porque el cuerpo entero estaba volviéndose… hermoso.
Demasiado hermoso.
Mi cintura se redujo lentamente mientras mis caderas se ensanchaban con dolorosos crujidos internos. Las piernas se estilizaron. Mi piel adquirió un brillo perlado.
Todo rastro masculino desaparecía centímetro a centímetro.
La transformación no buscaba convertirme en una mujer normal.
Me estaba convirtiendo en una fantasía viviente.
En una diosa.
Entonces mi espalda explotó de dolor.
Caí de rodillas gritando cuando algo emergió detrás de mí.
Anillos dorados flotaron lentamente alrededor de mi cuerpo, cubiertos de símbolos rosas brillantes. No estaban sostenidos por nada. Giraban silenciosamente en el aire como halos mecánicos.
Sentí una oleada de información entrando en mi cabeza.
Deseos.
Adoración.
Belleza.
Obsesión.
Y de repente pude escuchar gente afuera del edificio.
Sus corazones acelerándose.
Sus pensamientos volviéndose confusos.
Todo porque podían sentirme.
Porque algo en mí atraía a los demás de manera antinatural.
Me levanté lentamente.
Mi largo cabello rubio cayó como una cascada brillante sobre mis hombros y mis enormes pechos mientras fragmentos de luz comenzaban a formar adornos dorados alrededor de mi cuerpo.
Ya no me sentía humano.
Me sentía… perfecta.
Esa fue la parte más aterradora.
No el dolor.
No el cambio.
Sino la felicidad que empezó a crecer dentro de mí mientras observaba mi nuevo reflejo.
Sonreí.
Y por un instante olvidé completamente quién había sido antes.
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