Chapter 13: El décimo literato
La puerta tembló detrás de ellos.
Otro golpe.
La madera crujió.
Fran llevó una mano hacia la empuñadura de la espada que llevaba al cinto.
No era Maestro.
Ni pretendía serlo.
Era simplemente un arma que había conseguido después de llegar a la Ciudad. Una espada cualquiera, útil mientras durara.
Y, considerando lo que había ocurrido con las armas que había intentado utilizar recientemente, probablemente no duraría demasiado.
—Por aquí —dijo la anciana.
Se dirigió hacia una de las paredes de la habitación y apartó unas cajas viejas.
Debajo apareció una pequeña puerta metálica.
Fran la observó con desconfianza.
—¿Un túnel?
—De escape.
La anciana introdujo una llave oxidada en la cerradura.
Fran miró hacia las ventanas de la habitación.
Todas estaban abiertas.
Después miró la puerta metálica.
—Espera.
La anciana se detuvo.
—¿Qué?
—¿No se supone que las puertas tienen que permanecer abiertas durante el día?
La mujer sonrió.
—Las puertas de las viviendas y de los establecimientos, sí.
Fran frunció el ceño.
—Entonces, ¿por qué puedes cerrar esta?
La anciana abrió la puerta y señaló el oscuro pasadizo que había detrás.
—Porque esto no es una puerta de una vivienda.
Entró y esperó a que los demás la siguieran.
—Estos túneles pertenecieron a instalaciones de servicio de F. Corp. Hace mucho tiempo se utilizaban para mantenimiento y evacuaciones. Las puertas interiores fueron diseñadas para cerrarse durante una emergencia.
Fran miró el mecanismo.
—¿Y el Tabú no se aplica?
—No de la misma manera.
La anciana sacó otra llave.
—Las estructuras de servicio de F. Corp tienen puertas que pueden cerrarse cuando forman parte de un sistema de aislamiento o evacuación. No son consideradas accesos residenciales y, por lo tanto, no están sujetas a la misma prohibición.
Fran siguió observándola.
—¿Y esta todavía está registrada?
—Probablemente no.
La anciana sonrió.
—Pero mientras el mecanismo siga funcionando como fue diseñado, no debería activar el Tabú.
Fran no parecía completamente convencida.
—¿Y si se equivocan?
La anciana miró hacia la puerta.
—Entonces los Cazadores de Tabúes nos encontrarán.
Lo dijo con una tranquilidad inquietante.
Fran entrecerró los ojos.
—Parece que sabes bastante sobre las reglas.
—He vivido aquí durante mucho tiempo.
La anciana cerró la puerta.
Esta vez no hubo un portazo.
El mecanismo hidráulico la hizo encajar lentamente en su sitio, sin producir más que un leve clic.
La anciana continuó caminando.
—En el Distrito 6, aprender las reglas no es una cuestión de educación.
Hizo una pausa.
—Es una cuestión de supervivencia.
El túnel era estrecho y húmedo.
Antiguas tuberías recorrían las paredes y el agua goteaba desde el techo.
La anciana avanzaba delante de ellos con una pequeña lámpara.
Durante un rato, nadie habló.
Hasta que Fran rompió el silencio.
—Dijiste que conocías a Maestro.
—Sí.
—Entonces dime algo.
La anciana siguió caminando.
—¿Qué quieres saber?
—¿Quién era antes de convertirse en una espada?
La mujer se detuvo.
Fran la observó.
—Ya sé que Maestro no era su verdadero nombre.
La anciana la miró con atención.
—Entonces sabes más de lo que pensaba.
—No demasiado.
Fran bajó la mirada hacia su propia espada.
—Yo fui quien le dio ese nombre.
La anciana guardó silencio.
—Él no recordaba cómo se llamaba. Así que lo llamé Maestro.
Aquella explicación no necesitaba más detalles.
—Pero tú conociste a la persona que existía antes de eso —continuó Fran—. Quiero saber cómo se hacía llamar.
La anciana finalmente respondió.
—Zero.
Fran no reaccionó con sorpresa.
Solo repitió el nombre.
—Zero...
—Ese era el nombre con el que se presentaba.
Fran asintió lentamente.
No era su verdadero nombre.
Eso estaba claro.
Era simplemente otro nombre que había elegido para presentarse.
—Así que antes de que yo lo conociera como Maestro, se hacía llamar Zero.
—Exactamente.
La anciana volvió a caminar.
—Y ese hombre era mucho más importante de lo que imaginas.
Llegaron a una cámara subterránea.
La anciana levantó la lámpara.
En las paredes había documentos antiguos protegidos detrás de cristales.
Fran se acercó al más grande.
Nueve nombres.
Nueve figuras.
Y un espacio aparentemente vacío.
—La Liga de los Nueve Literatos —dijo la anciana.
Fran observó el documento.
—¿Zero pertenecía a ellos?
—Sí.
La anciana abrió un compartimento oculto en la pared.
Sacó un documento mucho más pequeño.
Esta vez había una décima posición.
No había un nombre verdadero.
Solo un alias.
ZERO.
Fran se quedó mirando la inscripción.
—El décimo.
—El miembro secreto.
La anciana asintió.
—Los otros nueve eran conocidos. Zero no debía aparecer en ninguna lista oficial.
—¿Por qué?
—Porque su trabajo era diferente.
La anciana volvió a guardar el documento.
—Investigaba cosas que era mejor que la Ciudad no conociera.
Fran sintió un ligero escalofrío.
—¿Como qué?
—Los límites entre mundos.
Fran se quedó en silencio.
El laboratorio.
El portal.
La transformación de Maestro.
Todo aquello empezaba a encajar.
—Entonces Zero...
—Intentaba comprender cómo atravesar la frontera entre mundos.
Fran apretó ligeramente la empuñadura de su espada.
La hoja emitió un débil crujido.
Bajó la mirada.
Una pequeña grieta había aparecido cerca de la guarda.
Fran suspiró.
—Otra vez...
La anciana miró la espada.
—¿Qué le ocurre?
—Nada importante.
Fran soltó la empuñadura.
—No está hecha para soportar mi poder.
Uno de los Fixers la miró con curiosidad.
—¿Entonces por qué la sigues usando?
—Porque todavía corta.
Una respuesta sencilla.
Y suficiente.
La espada no era Maestro.
No tenía recuerdos.
No tenía voluntad.
No tenía un significado especial.
Era simplemente una herramienta.
Y mientras siguiera siendo útil, Fran la utilizaría.
Un ruido hizo que todos se giraran.
El Prototipo 7 estaba mirando fijamente uno de los documentos.
—Zero...
La anciana se acercó.
—¿Lo recuerdas?
—No.
El Prototipo 7 cerró los ojos.
—Pero recuerdo que me llamaba de otra forma.
Fran se aproximó.
—¿Cómo?
El Prototipo 7 tardó unos segundos en responder.
—Urushi.
La anciana sonrió.
—Así te llamaba él.
Fran miró al pequeño.
—¿Urushi?
—Sí.
—¿Era tu nombre?
—No lo sé.
La anciana explicó:
—Para los investigadores eras el Prototipo 7.
Miró a Fran.
—Pero Zero te había dado otro nombre.
—Urushi...
El Prototipo 7 repitió la palabra en voz baja.
Por un instante, una imagen cruzó su mente.
Una habitación blanca.
Luces rojas.
Una figura frente a él.
Una voz tranquila.
Urushi.
Después, nada.
El recuerdo desapareció.
—Me llamaba así cuando estábamos solos —murmuró.
Fran observó su expresión.
—Entonces era importante para él.
El Prototipo 7 no respondió.
Pero tampoco negó la afirmación.
Un estruendo lejano hizo temblar el túnel.
—Tenemos que continuar —dijo la anciana.
Todos reanudaron la marcha.
Fran caminó junto a ella.
—¿Hay alguien más que pueda contarme qué le ocurrió a Zero?
La anciana tardó unos segundos en contestar.
—Sí.
Fran levantó la mirada.
—¿Quién?
—Yi Sang.
El nombre hizo que Fran prestara toda su atención.
—¿Quién es?
—Uno de los antiguos miembros de la Liga.
Fran se quedó pensativa.
—¿Sigue vivo?
—Hasta donde sé.
—¿Dónde está?
La anciana respondió:
—En una organización llamada Limbus Company.
Fran memorizó el nombre.
—¿Limbus Company?
—Su Departamento del Bus. LCB.
—¿Y Yi Sang está allí?
—Sí.
La anciana suspiró.
—Aunque sería más correcto decir que ahora es uno de sus Pecadores.
Fran frunció el ceño.
—¿Pecadores?
—Así llaman a los miembros de LCB.
Fran decidió no preguntar.
Había aprendido que en la Ciudad los nombres extraños eran prácticamente normales.
—¿Crees que él recuerde a Zero?
—Lo conoció.
—Eso no responde mi pregunta.
La anciana sonrió ligeramente.
—Entonces sí. Probablemente sea una de las pocas personas que todavía pueda decirte qué clase de hombre era.
Fran apretó el puño.
Por fin.
Una pista real.
Hasta ese momento había estado reuniendo fragmentos.
Maestro.
Zero.
La Liga.
El laboratorio.
Urushi.
Ahora tenía un nombre que podía seguir.
Yi Sang.
—Entonces encontraré a Yi Sang.
—No será fácil.
—Tampoco fue fácil llegar hasta aquí.
La anciana soltó una pequeña risa.
—Supongo que tienes razón.
Continuaron avanzando.
La luz comenzó a aparecer al final del túnel.
Fran entrecerró los ojos.
Antes de salir, sin embargo, la anciana habló una última vez.
—Cuando encuentres a Yi Sang, pregúntale por Zero.
Fran asintió.
—Lo haré.
—Y también pregúntale por Urushi.
Fran miró al Prototipo 7.
Él permaneció en silencio.
Pero sus ojos estaban fijos en la salida.
Fran volvió la mirada hacia la luz.
Maestro había sido un nombre que ella había inventado.
Zero había sido otro nombre que él había elegido.
Y ninguno de los dos era su verdadero nombre.
Pero ahora conocía algo más.
Antes de convertirse en la espada que había acompañado una parte de su vida, había sido un hombre llamado Zero.
Un miembro secreto de una liga de nueve literatos.
Un investigador que había estudiado la frontera entre mundos.
Y alguien que había llamado Urushi a una criatura que ahora caminaba junto a ella.
Fran salió del túnel.
El aire de la Ciudad golpeó su rostro.
Ajustó la espada desechable en su cintura.
La hoja volvió a crujir.
—Tendré que conseguir otra pronto.
Urushi lo miro.
—¿Otra espada?
—Sí.
Fran sonrió.
—Esta no va a durar.
Luego levantó la mirada hacia la enorme Ciudad que se extendía frente a ellos.
—Primero encontraremos Limbus Company.
Y, con ella, a Yi Sang.
Quizá él pudiera finalmente decirle qué había ocurrido con Zero.
Quizá pudiera explicar qué había sucedido con Urushi.
Y quizá, algún día, aquellas respuestas terminarían llevándola de vuelta hasta Maestro.
Continuará...
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