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Chapter 3: La noche pertenece a los Sweepers

Fran había aprendido muchas cosas durante sus primeras horas en la Ciudad.

Pero había una que todavía no comprendía.

La noche.

No era simplemente el momento del día en que la gente regresaba a sus casas.

En los barrios bajos existía una hora concreta en la que la Ciudad cambiaba por completo.

Y Fran estaba a punto de descubrirlo.

Fran había terminado su primer encargo para la Asociación de Fixers.

No había encontrado a la mujer desaparecida.

Pero sí había encontrado algo mucho más importante.

Información.

La marca que había descubierto en el callejón no era una simple señal.

Uno de los Fixers de Dodeka la había reconocido.

—No vuelvas a tocar eso.

Fran lo había mirado fijamente.

—¿Por qué?

—Porque no sabes lo que significa.

—Entonces dime.

El Fixer había dudado.

Finalmente respondió:

—No es asunto tuyo.

Fran no había quedado satisfecha.

Pero había aprendido algo.

La Ciudad estaba llena de cosas que incluso los Fixers preferían no investigar.

Y eso hacía que Fran quisiera investigarlas todavía más.

-

3:00 A.M.

-

Fran caminaba por los barrios bajos.

Había conseguido una pequeña habitación para pasar la noche.

Era miserable.

Pero tenía una puerta.

Y en aquella Ciudad, una puerta podía ser mucho más importante de lo que parecía.

Fran había regresado a su habitación hacía unos minutos cuando escuchó algo.

Un sonido distante.

CLANG.

Fran abrió los ojos.

Después escuchó otro.

CLANG.

Y otro.

CLANG.

Se levantó.

Se acercó a la ventana.

La calle estaba vacía.

Completamente vacía.

Eso era extraño.

Hace una hora había gente caminando.

Fixers.

Sindicatos.

Guardias.

Personas regresando a sus hogares.

Ahora...

Nada.

Fran entrecerró los ojos.

—¿Qué está pasando?

Entonces escuchó unos golpes en la puerta.

Toc. Toc. Toc.

Fran tomó su espada.

—¿Quién es?

Una voz respondió desde el otro lado.

—No salgas.

Fran reconoció al Fixer que había hablado con ella aquella tarde.

—¿Por qué?

—Porque está por empezar.

—¿Qué?

Silencio.

Después:

—La Noche de los Backstreets.

Fran frunció el ceño.

—¿Qué ocurre durante esa noche?

La respuesta tardó unos segundos.

—Los Sweepers salen.

Los Sweepers

Fran no sabía qué era un Sweeper.

Pero el tono del hombre había sido suficiente para advertirle de que no debía tomárselo a la ligera.

—¿Son Fixers?

—No.

—¿Un Sindicato?

—No.

—¿Monstruos?

El hombre volvió a guardar silencio.

—Algo peor.

Fran abrió la puerta.

El Fixer casi dio un salto.

—¡Te dije que no salieras!

—Quiero verlos.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no tienes ninguna posibilidad.

Fran lo miró.

—No conoces mi fuerza.

—No importa.

El Fixer señaló la calle.

—Los Sweepers no vienen a pelear contigo.

Fran permaneció callada.

—Vienen a limpiar.

La hora llegó.

3:14 A.M.

Al principio no ocurrió nada.

Entonces...

Algo se movió al final de la calle.

Una figura.

Después otra.

Y otra.

Fran agudizó la vista.

No eran humanos.

Eran figuras humanoides hechas de metal y un líquido rojo.

Caminaban lentamente.

Sin armas visibles.

Sin armaduras convencionales.

Sin expresiones.

Pero había algo todavía más inquietante.

Había decenas.

Y seguían apareciendo.

Fran retrocedió un paso.

—¿Cuántos son?

El Fixer respondió:

—No cuentes.

—¿Por qué?

—Porque vas a terminar demasiado pronto.

La primera ola avanzó.

Un cadáver abandonado en la calle fue alcanzado.

Una de las criaturas extendió una parte de su cuerpo.

El cadáver comenzó a disolverse.

Fran abrió ligeramente los ojos.

—...

El monstruo absorbió los restos del líquido rojo.

El Sweeper siguió caminando.

Sin detenerse.

Sin mirar atrás.

Fran sintió un escalofrío.

No era solamente una criatura que mataba.

Era una criatura que convertía aquello que encontraba en combustible.

Entonces uno de ellos levantó la cabeza.

Miró hacia la ventana.

Fran se quedó inmóvil.

El Sweeper comenzó a caminar hacia ella.

—...

Fran alzó una mano preparándose para la batalla.

—¿Me ha visto?

—¡No!

El Fixer agarró su brazo.

—¡No ataques!

—Está acercándose.

—¡No importa!

El hombre señaló la puerta.

—Mientras permanezcamos dentro, no entrarán.

Fran miró al Sweeper.

Estaba justo delante del edificio.

La criatura levantó una mano.

La colocó contra la pared.

Fran se preparó para atacar.

Pero el Sweeper simplemente...

Siguió caminando.

Fran parpadeó.

—¿No va a entrar?

—No.

—¿Por qué?

—Es una de las reglas.

Fran recordó algo.

La Ciudad tenía muchas reglas extrañas.

Pero esta era diferente.

Los Sweepers podían matar personas en las calles.

Podían destruir cosas.

Podían devorar cadáveres.

Pero las viviendas estaban fuera de su recorrido.

-

Una fuerza que incluso los Fixers temen

-

Fran observó durante varios minutos.

Los Sweepers avanzaban como una marea.

No luchaban como individuos.

Luchaban como una masa.

Si uno caía, otro ocupaba inmediatamente su lugar.

No había pausa.

No había cansancio.

No había miedo.

Fran finalmente comprendió por qué aquel Fixer había reaccionado así.

—¿Qué tan fuertes son?

—Mucho.

—¿Cuánto?

El hombre respiró profundamente.

—Lo suficiente para que incluso los Fixers de alto nivel prefieran no encontrárselos durante la Noche.

Fran volvió a mirar la calle.

—Entonces...

Sus ojos brillaron.

—¿Son más fuertes que yo?

El Fixer la miró.

—No sé.

Fran sonrió ligeramente.

—Quiero averiguarlo.

—¡No!

Fran dio un paso hacia la puerta.

El Fixer la sujetó.

—¡Escucha! ¡No es una prueba!

Fran lo miró.

—¿Entonces qué es?

—Una corriente.

—¿Una corriente?

—Sí.

El hombre señaló a los Sweepers.

—Puedes matar uno.

Fran observó cómo uno de ellos era atravesado por un arma de un hombre que había tenido la mala suerte de encontrarse fuera.

El Sweeper cayó.

Dos segundos después...

Otro ocupó su lugar.

—Puedes matar diez.

Otro cayó.

Más aparecieron.

—Puedes matar cien.

Más.

—Pero mientras tú luchas...

El hombre miró hacia el horizonte.

—Ellos siguen llegando.

Fran entendió.

No era cuestión de derrotar a un enemigo.

Era cuestión de sobrevivir a una marea.

Fran no salió.

Por primera vez desde que había llegado a la Ciudad, decidió que retirarse era la opción más inteligente.

No porque tuviera miedo.

Sino porque todavía no entendía a su enemigo.

Y Fran había aprendido algo de su maestro.

Nunca subestimes a un enemigo que no conoces.

-

La Noche terminó.

Los Sweepers desaparecieron.

No dejaron prácticamente nada detrás.

Ni cadáveres.

Ni armas.

Ni basura.

Ni siquiera rastros claros de la violencia que había ocurrido unas horas antes.

Fran salió de la habitación.

Miró la calle.

Estaba limpia.

Demasiado limpia.

—Así que estos son los Sweepers...

El Fixer asintió.

—Sí.

Fran miró hacia el cielo.

—¿Por qué hacen esto?

—Porque es su función.

—Eso no responde mi pregunta.

El hombre suspiró.

—En la Ciudad, muchas cosas no tienen una respuesta que te vaya a gustar.

Fran permaneció en silencio.

Después preguntó:

—¿Son humanos?

El Fixer la miró.

—Alguna vez lo fueron.

Fran bajó lentamente la mirada.

Aquella respuesta le resultó mucho más perturbadora que cualquier monstruo.

-

-

-

Fran regresó a la oficina de Dodeka.

Tenía una pregunta.

Encontró a la misma recepcionista.

—Quiero información sobre los Sweepers.

—¿Por qué?

—Los vi anoche.

La mujer dejó de escribir.

—¿Estuviste afuera?

—No.

—Bien.

Fran señaló un documento sobre el escritorio.

—¿Qué relación tienen con la Ciudad?

La mujer miró alrededor antes de responder.

—No hagas demasiadas preguntas sobre ellos.

—¿Por qué?

—Porque son parte de la Ciudad.

Fran frunció el ceño.

—Eso tampoco responde mi pregunta.

La mujer suspiró.

—Los Sweepers son aceptados.

Son una parte normal de la vida en los barrios bajos.

Fran recordó aquella noche.

Decenas.

Cientos.

Una marea interminable de criaturas rojas.

—Eso no es normal.

La recepcionista la miró.

—Aquí sí.

Fran permaneció callada.

Entonces recordó el símbolo del callejón.

Y algo comenzó a encajar.

La marca.

La desaparición.

La energía extraña.

Los Sweepers.

Quizá no estuvieran relacionados.

Pero Fran había aprendido que en la Ciudad las coincidencias podían ser peligrosas.

Fran salió de la Asociación.

Esta vez llevaba su capa firmemente cerrada.

Ocultaba sus orejas.

Ocultaba su cola.

Y, sobre todo, ocultaba su identidad.

No le gustaba hacerlo.

Ser una Beastkin era parte de su orgullo.

Pero todavía no estaba preparada para descubrir qué ocurriría si los habitantes de la Ciudad descubrían que una Beastkin había aparecido de repente en sus barrios bajos.

Fran caminó hacia el siguiente distrito.

—Primero encontraré a mi maestro.

Después miró de reojo hacia una alcantarilla.

Había escuchado un ruido.

CLANG.

Fran se detuvo.

Un segundo golpe.

CLANG.

Sus ojos se estrecharon.

—...

Esta vez no era de noche.

Era pleno día.

Y, según todo lo que había aprendido...

Los Sweepers no deberían estar allí.

—Entonces...

Una sonrisa apareció lentamente en su rostro.

—Esto sí que es interesante.

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